Rafael Ángel Gómez Choreño
Vivir sin construir experiencia de lo vivido es tanto como vivir vegetando. Sin embargo, la pura idea de ser como un rábano o una lechuga me hace pensar en las profundidades de la memoria inscrita sobre los cuerpos. Para empezar, los cuerpos registran memoria más allá de la conciencia, contra ella o en su menoscabo, precisamente porque su naturaleza es la de ser superficie: el lugar donde sucede todo lo vivido, todo lo experimentado, todo lo padecido, todo lo disfrutado. La memoria del cuerpo es una historia de violencias inscritas, mayores o menores, telúricas o cataclísmicas. Su política es por eso la del sinsentido, la de la inconsciencia, la de lo involuntario.
Marca, inscripción o estigma, ¿qué importa la diferencia? La memoria del cuerpo es una memoria de las cicatrices, de un lento ir olvidando la violencia perpetrada. No es, por lo tanto, una memoria elaborada a través de imágenes objeto del recuerdo, sino violencias objeto de la regeneración y el olvido. El cuerpo, en este sentido, está más allá de la imaginación; es el lugar donde puede inscribirse toda experiencia posible, toda vivencia consciente o inconsciente. Y su poder, para bien o para mal, es el de un espacio íntimo desde donde surgen y se desvanecen todas nuestras imaginaciones. Vivir vegetando, por tanto, no es tan grave como parece salvo por el hecho de que vivir vegetando suele ser, en los seres humanos, el síntoma de un excesivo conservadurismo.
Las personas se resisten a construir experiencia por que así creen que pueden mantenerse salvos de todo lo que les sucede. Es inevitable que la envidia, el odio, el amor o el deseo de otros dejen su marca en nuestros cuerpos, de una forma o de otra; pero hay quienes creen que si no piensan en ello esto deja de existir. Pues bien, afortunadamente el cuerpo lo registra todo en su memoria más allá de los designios de nuestra voluntad y sabe que nunca está a salvo, que siempre está puesto en juego, que no tiene más destino posible que el riesgo de poder perderse en la perpetua discontinuidad de todo lo otro. Difrutar esto es, contra lo que podría parecer a la mirada ingenua, un camino de liberación. La construcción de nuestras experiencias, sobre todo aquellas con un claro sentido moral, sólo es posible, sin hipocresía, cuando volvemos sobre nuestras cicatrices y dejamos que nos hablen en la intimidad del silencio. Y si alguna vez hablamos de ello con franqueza, incluso entonces no podrémos evitar que las palabras traicionen la intimidad de lo que se vive y se disfruta o se sufre en el más profundo silencio: el silencio de un espacio de superficie.
La intimidad es un espacio para vivir en el silencio, para disfrutar desde el silencio.
Ciudad del Sinsentido, 15 de junio de 2008.
No hay comentarios:
Publicar un comentario