Más que el orgullo, se trata de la voluntad de aniquilación. Y quizá por eso justamente es que no sólo hay condena del otro sino también condena de uno mismo. La soledad de quienes alimentan su indolencia frente al sufrimietno de los demás, desde el silencio indiferente, por ejemplo, tarde o temprano constituye el infierno de la desperación y la desesperanza.
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